Todos, menos el pasado y yo, tienen hoy los ojos vendados. Las lámparas están apagadas, incluso la luz del acuario situado en el mueble del salón, lo está. Apenas veo el techo de la habitación y el pasillo está más oscuro que nunca. Pese a todo esto y pese a mi ligofobia, me propongo la idea de pasear esta noche por mi casa, quizá sea la última noche que pueda hacerlo y no me gustaría desaprovechar tal oportunidad.
Todo está en silencio y no soy capaz de poder distinguir ninguna pared o puerta, intento guiarme moviendo las manos de un lado a otro, pero enseguida me doy cuenta de que no es necesario hacerlo. El crujir de la madera en contacto con mis pies me sirve de guía mientras, lentamente, inspecciono las diferentes estancias de la casa.
Llego a mi habitación, situada al fondo del pasillo. Vacía y sin substancia aparente. Siempre me ha parecido una habitación preciosa. Sin embargo, hoy la esconde un color negro profundo, que cuanto más intento disipar, más granulado se vuelve. Decido sentarme en un arco que hay junto a la ventana, solía hacerlo en verano, por las noches, mientras mi cara se iluminaba con la farola de la calle. Sin embargo, esta vez las persianas estaban bajadas.
Resulta curioso lo mucho que podemos llegar a unirnos a un lugar sin ni siquiera habérnoslo propuesto. Realmente empiezo a pensar que tan solo en el final del acto, nos damos cuenta de lo importante que ha sido. Pienso en tantos momentos inolvidables que tuvieron lugar aquí. Tantos besos. Tantos abrazos.
Y de repente, como si de un enorme alud se tratase, mi mente le recuerda a él, y a ella. Y a aquellos que vinieron un findesemana y no se querían ir. Y al que vino por la mañana a atrapar al sueño. Y del día en el que el azúcar cayó al suelo y se petrifico. Recuerdo los platos y platos de macarrones que circularon por aquellas puertas de cristal noche tras noche. Y cuando hicimos aerobic al ritmo de Leticia Sabater hasta caer convalecientes en el suelo. Las historias de amor que se crearon y las amistades que se fortalecieron. Recuerdo también aquellos días en los que las paredes se transformaban en estudios de moda improvisados y en grandes escenarios, y de cuando tumbados en el suelo fantaseábamos sobre teorías conspiratorias.
Pero sobretodo, recuerdo uno. Quizás el momento más importante de todos los que he vivido aquí.
El día en que la cogí de las manos y saltamos encima de aquella cama como si el mundo se fuese a acabar al instante siguiente.
Todavía recuerdo la sensación. No sabría cómo describirla. Lo único que sé, es que desde entonces solo busco momentos así. Momentos ciertamente anecdóticos, sí, pero tan llenos en substancia que solo con su recuerdo bastaría para sobrevivir décadas.
Estoy (soy) realmente feliz.
Para el que camina a través de columnas doradas el suelo es pura quimera.
Hasta que tropieza.
Creo que el parecido de mi actual habitación con mi vida y por consiguiente, conmigo mismo, es más que terrorífico. Si bien es un vaivén de insatisfacciones y de empeños en balde, me proporciona el cobijo necesario en la estación más fría. A veces sumergida en la más profunda catástrofe, mi habitación puede llegar a convertirse en algo peligroso e insalubre ya no solo para el que la habita, si no para los visitantes fantasmas. Algo que ata y que quema, placentera en ciertos momentos. Tiene el encanto de los pequeños lugares, acogedores y con detalles diminutos que encandilan tan rápido como aburren. A veces se convierte en un espacio gigante donde incluso saltando jamás tocaría el techo. Otras, debo acomodarme en un rincón para que no me aplaste entre sus frías sombras nocturnas.
Nunca he sido tan de opuestos en mi vida como en esta ciudad, instantes antes de que me estampe contra el suelo, me eleva y no tarda mucho en volver el vértigo inicial. Hoy las grandes personas se esconden en las ciudades, y esperan silenciosas la llegada más fortuita. Yo espero a la vida entre cuatro paredes. Espero a la vida como el rebullir de cosas conocidas y desconocidas. Deseo lo que he tenido, pero deseo más aún lo que no tengo. Por pura conexión lógica le deseo a él. A Él como como idea más que como individuo.
Resulta curioso, que mi mayor miedo no sea la pérdida en sí, si no el hecho de la no-realización. Es decir, llevándolo a un ejemplo superficial, no me da miedo que se me caiga el helado una vez lo he probado, me da miedo el no poder saborearlo hasta el último centímetro. Nada es eterno, y mi habitación no será una excepción; como tampoco lo será mi caos interior. Es algo en lo que siempre he creído ciegamente y he aceptado con cierto gesto hipócrita. Esto me lleva a plantearme lo siguiente: ¿Debería lamer rápidamente el helado antes de que caiga al suelo y aprovechar cada segundo al máximo antes del suicidio final? Lo cierto es que no tiene demasiado sentido, puesto que el acto en sí de ingerir el helado rápidamente no provoca placer ni disfrute, solamente y según algunos iluminados, el congelamiento del cerebro. Es el tiempo, el proceso lento mediante el cual lo ingieres, el que te hace disfrutar.
El final no es más que una inspiración pulmonar a cámara lenta.
Una mariposa ampliada con un microscopio no es el insecto hermoso que nos parecía en un principio sino más bien todo lo contrario.
Luego, ¿tendríamos, pues, que juzgar las cosas en su correcta escala?.
¿Es importante ésta para nuestra percepción o solo es un factor más de la visión?
En mi opinión, en la vida, las escalas son fundamentales. Quiero decir, alguien obsesionado con ver a la mariposa demasiado cerca jamás podrá observar la belleza que encierra. Su realidad de la mariposa será completamente diferente a la del que la admira revolotear de lejos. El conflicto llega en la elección. ¿Con qué escala medimos ciertos aspectos? ¿cuál es la visión correcta de la mariposa? Realmente, ¿hay una sola visión correcta?.
Los ajustes mecánicos nunca fueron tan innecesarios. De norte a sur, absorto en palabras que cabalgan silenciosas. El tan ansiado sur. El sur de entre las grandes flaquezas. Para. Bastan dos gotas. Cuatro.
Y te callas porque me miras.
Por qué me miras.